domingo, 27 de noviembre de 2016

YO FUI UNA VEZ UN HOMBRE INVISIBLE

 
 Sí, señoras y señores. Ésa es mi condición. Soy un hombre invisible, como la cálida brisa, o como ese último pensamiento efímero que se pierde antes de ser vencido por el sueño. Pero, por favor, espero que no me malinterpreten, no deben tomarse mis palabras al pie de la letra. Soy de carne y hueso, y cada día que me levanto veo mi propio reflejo en el espejo de mi cuarto de baño.
   ¡No, no se vayan, por favor!
   Deben dejar explicarme, no les robaré mucho tiempo, lo prometo.
   Ahora, en este preciso instante, mientras pronuncio estas apresuradas palabras, estoy sentado en la barandilla de la torre del Miguelete, el campanario de la Catedral de Valencia, la ciudad donde yo nací.
51 metros de altura, ni más, ni menos. Si te lo propones, podrías tocar el cielo con la punta de tus dedos. Sí, sí. Sé que no pueden verme, pero pueden imaginarme. Por favor, sé que pueden hacerlo, hagan un esfuerzo. Escuchen, la barandilla es de piedra, tan fría, que traspasa la tela de mis pantalones vaqueros. Mis pies asoman a la parte que da a la plaza. Ingrávidos. Sí, eso es, como si fuera el muñeco de un ventrílocuo. ¿Ven cómo pueden hacerlo? Desde aquí arriba, la gente que camina por la calle la distingo tan pequeña como si fueran soldaditos de plomo, y sí, han pensado bien, me ha embargado una sensación de vértigo que me ha provocado arcadas, que ha logrado que el espacio se doblegue sobre sí mismo por un instante, pero ahora eso es lo que menos me importa.
   ¿Sabían que varias personas se han suicidado lanzándose desde esta torre? Dios las tenga en su gloria. Imagino que debieron adoptar una posición parecida a la mía. A tan solo un segundo, a una decisión entre la vida y la muerte. Ahora, muy cerca de mí, los turistas contemplan asombrados las espectaculares vistas de la ciudad, sonrientes y joviales, ignorando mi presencia, como si fuese un fantasma. No es que a nadie le importe, es que no me ven. ¡No me ven! Hace un momento he gritado, tratando de llamar su atención, hasta que las fuerzas me han vencido. Todo ha sido inútil.
   Bien, ya me calmo. Seguro que a estas alturas he conseguido llamar su atención. Solo ruego a Dios que así sea, porque, ¿no tienen curiosidad por saber cómo he llegado a este extremo? ¿Tan desesperado? Por favor, estoy mirando a la muerte a la cara, casi siento su fétido aliento en mi nuca. Díganme que sí. Solo pido eso, sé que no es demasiado, tan solo un poco de su tiempo, un ápice de comprensión. Luego podrán seguir con sus vidas, lo prometo, a pesar de que sé que, una vez concluya, mis palabras se las llevará el viento y las desgranará como si fueran migas de pan, hasta perder su verdadero sentido. Como si nunca hubiesen existido. Una vida más corta incluso que la de una mosca.
   ¿Qué dicen?
   Bien, asentir en silencio también me vale. Gracias. Mil gracias.
   ¿Saben? Contemplo los rostros de la gente a mi alrededor y me parecen vivaces, alegres. No sé, me da la sensación de que poseen todo lo que desean, que sus sueños, o bien se han cumplido, o están a un paso de hacerlo. Les rodea un halo de felicidad que, para qué negarlo, lo envidio hasta el punto de irritarme, de encolerizarme con mi propio destino, pero solo por el simple hecho de que yo nunca más lo tendré, de que mi tren ya ha pasado olvidándose de mí. Pero no crean. No siempre fue así. Hubo un día en que esa felicidad también se esculpía en mi rostro. Una época en la que sobraban las palabras, en la que la vida era generosa como si fueras el único superviviente.
   Lo admito. Sí, lo admito. Todo eso pasó. Como se pasa un resfriado. De pronto, las cosas que creías importantes ya no lo son tanto, las personas a quien le importas, te despiertas un día y apenas las reconoces. Sí, exacto, como si un fantasma hubiese ocupado tu lugar, o mejor dicho, como si tú mismo te hubieses convertido en un fantasma. Con tu cadena oxidada atada a tu tobillo. De acuerdo, y la bola de hierro macizo también.
   Yo noté el cambio en el bloque de viviendas donde vivo. Ése fue el comienzo. De repente, y aunque suene a broma pesada puedo jurar que así es, mis vecinos dejaron de saludarme. Al principio fueron un par, los de la puerta 23 y la 31. ¿Me ignoraban? ¡No! ¡Es que no me veían! Ni siquiera cuando estaba dentro del ascensor con ellos. Adoptaban esa expresión estúpida incitada por la soledad, incluso se rascaban obscenamente sus partes bajas en mi presencia. ¿Se imaginan lo incómodo que resulta compartir ascensor con alguien que se rasca ferozmente las pelotas?
... ...
   Disculpen mi silencio, he sentido un breve mareo por los fuertes vientos aquí arriba. Un momento, ¿adónde van? ¿Creen que no les veo? Está bien, intentaré ser escueto, sé lo de su tiempo y todo eso, lo sé.
   ¿Por dónde iba? Ah, sí. El extraño comportamiento de mis vecinos fue pasando de uno a otro, como una epidemia, hasta el punto en que nadie de las 45 viviendas del edificio me dirigía el saludo. Sencillamente, dejaron de hablarme. En su día mi respuesta era obvia: si tú no me saludas, yo tampoco voy a hacerlo. Ante todo la dignidad. Si hubiera sabido el verdadero motivo, quizá hubiera intentado poner remedio antes de llegar a este extremo. Pero claro, como la mayoría de cosas, siempre te enteras cuando ya es demasiado tarde, cuando has cometido una locura.
   Tienen que perdonar mi sonrisa, pero cometer una locura ha reavivado su curiosidad, ¿no es cierto? ¿O acaso no es verdad que vende más una desgracia que un acto de bondad? "Terremoto en Wonderlay, los muertos se cuentan por miles: cien mil visitas". "Vagabundo devuelve a su dueño una cartera repleta de billetes: diez visitas". ¡No, no! No me estoy metiendo con ustedes, si me conocieran sabrían que no es así. Lo único de lo que hablo es de la auténtica esencia del ser humano, de lo que verdaderamente nos reconforta y nos llena por dentro. Aunque luego no queramos admitirlo, aunque creamos que somos distintos. En el fondo, todos somos así.
   Está bien, ya continúo, no tienen por qué gritar.
   Después de que mi bloque de apartamentos se convirtiese en un centro especializado en el silencio sepulcral, me asusté tanto que sentí la necesidad de comunicarme con alguien, con quien fuera. Esa extraña idea que te consume por dentro, que te hace dudar de ti mismo, incluso de tu propia existencia, no sé si me entienden.
   He de decir que mi profesión era comercial, un comercial de éxito, y no es que sea ególatra hasta las cejas. Es que era así. Había días en que vendía miles de euros incluso sin salir de casa, a base de llamadas telefónicas. Ser honesto y solícito tiene sus recompensas, y más en esta profesión de la que pendes de un hilo. En la que haces cien cosas bien y consigues pasar inadvertido, pero que en cuanto metes la pata te entierran hasta el cuello. Pero la cuestión no es ésa. Gradualmente, mi teléfono dejó de sonar. Fue un hecho tan escalonado que al principio no me di cuenta, hasta que un día advertí que permanecía mudo como un muerto. No, no estaba estropeado, lo revisé, y tampoco había perdido la cobertura. Sencillamente, nadie me llamaba. Como si ya no entrase en sus planes, o peor aún, como si hubiese dejado de existir.
   Me personé en las oficinas de mis mejores clientes en busca de una explicación, pero fue como si visitase una convención de maniquíes. Grité, golpeé con violencia sus mesas, incluso les insulté embargado por la desesperación. ¿Intuyen la respuesta? Muy bien, correcto, nadie se inmutó, como si hubiese corrido una cálida brisa por la ventana.
   Desesperado, salí a la calle, gritando, dirigiéndome a cualquier viandante que se me cruzara por el camino. ¿Cómo explicarlo? Se apoderó de mí una terrorífica sensación de soledad, como si fuese el último superviviente en la tierra, algo muy parecido, pero no estaba solo, creo que es una gran diferencia que no hay que pasar por alto. Decenas de personas pasaban por mi lado embelesadas, me ignoraban, no escuchaban mis gritos, incluso recuerdo que aplaudí fuertemente en el oído de una mujer, tanto, que me dolieron las manos.
   No se equivocan.
   Todo esfuerzo fue inútil. Aquella mujer siguió su camino, ausente, mirando al frente, o al suelo, ya no lo recuerdo. Sí recuerdo que justo en ese preciso instante me miré a mí mismo, mis brazos, mis piernas. Recuerdo que temblé como un niño asustado al hacerlo. Por un momento pensé que mi cuerpo sería transparente, igual que un vaso de cristal recién fregado. Que mis huesos serían lo más parecido a una columna de humo. Pero no. Estaba ahí. Podía ver mi cuerpo. ¿Por qué nadie me veía? ¿Era una especie de castigo divino? ¿O un castigo infernal? De acuerdo, estoy totalmente de acuerdo, debe ser infernal, porque Dios no puede castigar, ¿no es cierto? Dios es bondad, no crueldad. Y además, yo nunca he hecho nada malo, ¿por qué a mí? ¿Precisamente a mí?
   Corrí por las calles, levantando los brazos y gritando, cruzando entre los coches, Dios sabe que si no los hubiese esquivado a tiempo habrían pasado por encima de mi cuerpo y para ellos solo habría sido un badén más frente a un paso de cebra, y su único pensamiento habría sido la factura que les encantaría mandar al Ayuntamiento por reventarle los amortiguadores del coche.
   ¿Cómo?
   Perdónenme, a veces empiezo a hablar y no paro. Recuerden, era comercial. Un buen comercial. La locura. Eso es lo que realmente les interesa, ¿verdad? Me están dando la razón, sin saberlo, me la están dando.
   Qué pequeña se ve la gente desde aquí arriba. Parece un poblado Playmobil.
   No, no intento evadirme, es que me cuesta contarlo. Tengo que prepararme, ¿me entienden? No es algo de lo que me sienta orgulloso. Sin embargo, observo cómo pierden la paciencia, ¿creen que no me doy cuenta? Vale... ya voy.
   Ante todo, deben entender que mi mente ya no razonaba. Había entrado en un estado mezcla de incredulidad y terror. La combinación puede ser desastrosa, ahora lo entiendo. Y deben saber que yo nunca he sido así. Por favor. Solo quiero que intenten ponerse en mi lugar, cómo habrían reaccionado ustedes.
   Deambulando por las calles, pasé junto a una obra, un esqueleto muerto de esos que tanto abundan hoy en día. Obcecado en hacerme ver a cualquier precio (sí, en aquellos momentos había llegado la terrible frase de a cualquier precio), cogí un ladrillo de esos que tienen seis agujeros, correcto, esos rojizos y fáciles de manejar con una mano. Con mi mente hecha papilla, la idea se había formado como si el mismísimo diablo habitase en ella. Ahora, mucho más tranquila, me arrepiento de lo que hice. El caso es que busqué la calle más concurrida de Valencia. Mis pasos alocados me habían llevado directamente a la plaza de la Reina. Muy cerquita de donde estoy ahora. Es una plaza céntrica, llena de turistas, gente paseando entre multitud de restaurantes y tiendas de las de toda la vida. Seguro que saben a qué me refiero.
   Era el escenario perfecto. Mi último cartucho, mi última oportunidad de salir de esta pesadilla.
   Elegí un hombre al azar. Cualquiera me hubiese valido, pero aquel pobre anciano fue el primero en cruzarse en mi camino. Me aseguré de que hubiesen muchos testigos, aunque en esa plaza eso no era muy difícil. El primer golpe que le asesté creo que le partió la mandíbula por la mitad. Lo sentí en el temblor de mi mano, pero también sentí ese chasquido a hueso roto. El hombre cayó en redondo, y creí que fue suficiente para llamar la atención. ¡Ahora me tenían que ver! ¿Con qué fin si no iba yo a hacer esa salvajada? ¿Entienden? ¿Entienden a lo que me refiero?
   De acuerdo, ya bajo la voz.
   Incluso aquel acto cruel fue ignorado por la muchedumbre. Me quedé de pie, jadeando, con el ladrillo ensangrentado en mi mano, mirando a mi alrededor girando en un círculo perfecto, preparado para recibir las cientos de miradas que me rodeaban.
   Han acertado.
   Fue como jugar una partida de ajedrez en la oscuridad. Entonces sí que me embargó la ira. Si era un jodido fantasma, entonces no podría hacer daño a nadie, ¿no creen? Eso fue precisamente lo que pasó por mi mente. Comencé a golpear al pobre viejo por todas las partes de su cuerpo, daba igual cuál fuera, cabeza, hombros, pecho, piernas. Todas y cada una de ellas fue triturada hasta la saciedad. Ni Alex lo hubiera hecho mejor. (Muy bien, el prota de La naranja mecánica).
   ¿Saben lo peor de todo?
   Que aquel hombre tampoco me veía.
   Pensaría que un demonio invisible lo estaba martirizando, o tratando de poseerlo, o yo qué sé. Lo que sí sé es que en ningún momento me miró a los ojos. Tampoco trataba de huir. El primer golpe lo había dejado casi en fuera de juego. Bien, la cuestión es que por mucho que golpeé, nadie parecía ver nada. Después de todo era verdad. ¡Me había vuelto invisible! ¡Como el jodido aire!
   Me arrepiento, y sé que no tengo perdón.
   Por favor, cierren esas bocas de asombro. Ya he dicho que no me siento orgulloso por lo que hice. Ah, el tipo alto, que por qué no escribo un libro con esta historia, que da mucho más de sí. Permítame que le responda con unas cuantas preguntas: ¿Realmente cree que alguien lo leería? ¿Realmente cree que alguien perdería su valioso tiempo en leer a un tipo como yo? ¿Invisible?
... ...
   Disculpen, me he mareado. No me encuentro bien. El aire aquí arriba se ha vuelto frío, ¿no creen? ¿O solo es una sensación mía? Miren el cielo. Se ha nublado. ¿No es bello? Pero no creo que llueva, aquí llueve muy pocas veces.
... ...
... ...
   ¿Me están mirando? ¿Es cierto lo que mis ojos ven? ¡Me están mirando! ¡Sí! ¡Sí! Esperen, ¿pero por qué lo hacen de esa forma, como si hubiesen visto un fantasma? ¿Acaso les doy miedo? ¿Es eso? Y... ¿qué hace toda esa policía a mi alrededor, por qué nadie se acerca?
   ¡Pueden verme! ¡Aleluya, hermanos!
... ...
   ¡Buhhhh!
   Perdonen que me ría como un loco, es que estoy eufórico, solo es eso, no hace falta que se echen hacia atrás.
   ¿Saben? Algo me dice que este momento de lucidez solo es temporal, como bien decía mi psiquiatra, una especie de paréntesis para luego alargar mi agonía (esto último lo pensaba yo). Una tortura, podría decirse.
   Y, sinceramente, ya estoy harto de pedir disculpas por todo.
... ...
... ...
   Un placer haber sido visto y escuchado. Ahora, si me disculpan, voy a saltar.

FIN

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