VERÓNICA
El esperado día había llegado. Las doce de la madrugada del 1 de noviembre de 2016, el día de Todos los Santos. El momento perfecto para una sesión de ouija, pensó Marcos. La desacertada idea no fue de él, sino de Arturo, su inseparable compañero de clase, y había surgido en la cafetería de la Facultad de Psicología de Valencia una mañana cualquiera que se habían saltado las clases por desgana. Como venía siendo habitual, incitado por la persuasión aplastante de Arturo.
«Siempre consigue que hagas lo que él quiere. ¿Es
que no te das cuenta?»
Las palabras de Beatriz se pronunciaban en su cabeza
una y otra vez, pero estaba equivocada. Él no se dejaba mangonear por nadie, y
menos por Arturo. Si hacía algo era porque le apetecía. A lo único que se
limitaba su amigo era a darle ese último empujón para tomar las decisiones.
¿Qué había de malo en ello? Además, mientras buscaba una caja de velas en el garaje
de su casa, allí estaba ella, en el piso de arriba, esperando ansiosa a que
subiera para preparar la sesión. ¿Quién se dejaba manipular entonces?
Encontró en un armario junto a las bicicletas un
paquete de ésas planas y pequeñas. Más que suficiente. Apagó la luz del garaje,
cerró la puerta metálica y subió escaleras arriba. Sus pisadas reverberaron en
las paredes como si alguien siguiese sus pasos. Ya en el vestíbulo, escuchó la
lluvia caer. Durante todo el día el cielo había estado cubierto por una masa
nubosa y grisácea que había oscurecido la ciudad, pero ahora, cuando la noche
ya había caído, era la ambientación ideal para el experimento que se traían
entre manos. Más allá, desde el salón, llegaban las voces y las risas de sus
amigos.
Cuando entró, Beatriz, Arturo y Silvia (la novia de
Arturo, a la que no le había costado mucho trabajo convencer de estar presente
esa noche) estaban ya sentados sobre la mesa de cerezo.
―¡Por fin! ―exclamó Arturo―. Dime que las has
encontrado.
Marcos, que había ocultado el paquete detrás de su
espalda, esbozó una sonrisa pícara y mostró su hallazgo agitándolo en el aire.
―Aquí están.
Se acercó a la mesa y se sentó en su lugar, entre
Beatriz y Silvia. Arturo, frente a él, cerraba el círculo. Aunque trataba de
ocultarlo, se sentía exaltado. Todo había salido a pedir de boca. Sus padres,
aprovechando el puente, se habían escapado a una casa rural en Toledo. Tenía
toda la casa a su disposición, y aunque cualquier otro se habría negado a
practicar la ouija en su propia casa, él no tuvo problemas en ofrecer la suya,
porque del cuarteto, las chicas creían firmemente en la existencia de un más
allá, en la vida después de la muerte, pero Arturo y él eran los escépticos del
grupo. Mantenían la teoría de que la sugestión colectiva era el motor del
tablero, una especie de contagio que iba pasando de uno a otro hasta formar una
única unidad incluso capaz de interactuar con los elementos presentes, pero al
fin y al cabo, interpretaciones erróneas de la mente humana, una distorsión de
la realidad alentada por el miedo, cuando menos, fraudes y amaños en la mayoría
de los casos.
En cualquier caso, esa noche estaban dispuestos a
demostrarse a sí mismos hasta qué punto podía llegar el poder de la ouija. Cada
uno, desde su propia creencia, estaba dispuesto a demostrar al de pensamiento
contrario cuán equivocado estaba.
Marcos desvió la mirada hacia el mueble principal.
La cámara de video hacía ya un buen rato que estaba grabando, enfocada
directamente hacia la mesa. Miró la tabla de ouija expuesta en la mesa,
cortesía de Arturo. No tenía ni idea de dónde la había sacado, pero su aspecto
ajado y su color ocre imponían respeto. Algunas de sus letras estaban
difuminadas por el uso y el puntero, una especie de punta de flecha sin muchos
aderezos, estaba colmado de arañazos, como si hubiese sido usada con
frecuencia. A esas horas de la noche la urbanización donde vivía al sur de la
ciudad estaba en absoluto silencio. La lluvia ahora caía con más insistencia,
golpeando con fuerza los cristales de las ventanas. Miró la escalera que
comunicaba con la planta superior. La oscuridad descendía por ella hasta ser
subyugada por la luz del salón. Marcos tragó saliva con dificultad, pero trató
de ocultarlo al resto. Sí, no creía en todo aquello, pero tenía que reconocer
que intimidaba lo suyo. Tenía que ser subjetivo, ése era el objetivo para el
éxito del experimento.
―Bueno, qué, ¿alguien va a apagar la luz y a
encender las velas? ―preguntó Arturo con tono burlón.
―Tú también tienes piernas, ¿lo sabías? ―respondió Silvia
con el mismo tono socarrón, sin embargo, se levantó de la silla y fue hacia el
interruptor de la luz. Esperó hasta que Marcos sacó un mechero del bolsillo y
encendió cuatro velas, una por cada uno, y las repartió por la mesa.
Solo entonces apagó la luz.
La estancia fue invadida por la penumbra. Las luces
de las velas creaban formas alargadas en la pared, que se mecían suavemente
como si estuviesen danzando un baile infernal.
―Ven, siéntate junto a nosotros ―ordenó Arturo
dirigiéndose a Silvia.
―Recordad, nada de estupideces ―comentó Marcos
mirando expresamente a Arturo―, pero sobre todo, nada de mover el puntero por
voluntad propia. Este experimento ―continuó dirigiéndose a la cámara―
demostrará que después de la muerte solo existe oscuridad. Eterna oscuridad.
―Este experimento ―añadió Beatriz mirando a la
cámara― demostrará que después de la muerte hay algo más, fuerzas que todavía
no entendemos, pero que sin duda, esta grabación ayudará a su comprensión.
Beatriz intercambió una discreta sonrisa con Marcos.
Sentía que debía defender su posición, pero en el fondo de su corazón deseaba
que Marcos y Arturo tuvieran razón, porque no sabía si podría soportar la
aparición de cualquier fenómeno sobrenatural por muy insignificante que fuese.
Un perro aulló en alguna casa colindante, parecía estar muy cerca. Beatriz
sintió un escalofrío subir por su columna vertebral.
―Bien, ahora que ya habéis dejado claras vuestras
posiciones, podemos empezar ―dijo Arturo―. Cogeos de las manos.
Todos obedecieron. Marcos sintió el frío en las
manos de las chicas.
―Me dispongo a seguir con el plan establecido
―continuó Arturo mirando a la cámara. El punto rojo parpadeaba en la
oscuridad―. Vamos a invocar a Verónica, como habíamos acordado, un ente maligno
en boca de muchos, y que hoy, 1 de noviembre de 2016, día de Todos los Santos,
esperamos fortalezca la conexión con el espíritu. ―Arturo inspiró
profundamente. ―Poned el dedo sobre el puntero.
Los cuatro muchachos, al unísono, colocaron el dedo
índice sobre el puntero de madera. Su tacto era áspero, como si hubiese librado
mil batallas. Las miradas se cruzaron entre ellos. Cada uno quería ver el grado
de colaboración del otro. Sin excepción, las expresiones eran respetuosas, pero
con un cierto temor encubierto. Satisfecho cada uno con la respuesta de sus
compañeros, liberaron la mente y se concentraron en Verónica.
―Verónica ―comenzó a decir Arturo―, si estás aquí
manifiéstate.
―Verónica ―le siguieron todos al unísono―, te
invocamos, manifiéstate.
En silencio,
cruzaron las miradas. El leve baile de las llamas apenas era perceptible. Arturo,
al ver que nada sucedía, se dispuso a continuar.
―Verónica, imploramos tu presencia, manifiéstate.
―Verónica, te invocamos, manifiéstate ―volvieron a
repetir.
El viento sopló con fuerza y escupió el agua de la
lluvia contra los cristales. De pronto, Marcos perdió la confianza en sus
creencias. Supuso que la sugestión se estaba apoderando de él, pero lo cierto era
que, de una forma incognoscible, el salón de su casa había adoptado una
apariencia fantasmagórica. No se encontraba cómodo pronunciando el nombre de Verónica
en su propio hogar, puede que fuera por tantas historias paranormales y
terroríficas que había escuchado sobre ella (y que nunca había creído), puede
que porque en lo más hondo de su corazón supiera que con los espíritus no se juega,
ni siquiera un día como aquél, y mucho menos con Verónica.
La voz murmurante de Arturo lo sobresaltó.
―Verónica, ven a nosotros, manifiéstate.
Marcos sintió un ingente deseo de apartar el dedo
del puntero, acabar con aquello de una vez. Sin embargo, parecía paralizado,
soldado a aquel trozo de madera. Miró de soslayo a Beatriz. Con los ojos cerrados
y como si fuera una labor cotidiana para ella, acompañaba las frases de
invocación de Arturo como si durante toda su existencia hubiese sido
aleccionada con ese único fin.
Fijó la mirada en la llama de las velas, casi
inmóviles, luego en las sombras que proyectaban sobre las paredes. Se recriminó
a sí mismo porque estaba perdiendo la concentración, sin embargo, también lo
invadió una desagradable sensación de inquietud, porque realmente no estaba
seguro si eso era perjudicial para romper la hipotética conexión con Verónica,
o únicamente era malo para él. Como ser independiente. Como la oveja que se
separa del rebaño.
Sintió cómo su frente comenzaba a sudar. El ulular
del viento se había convertido en un llanto indescriptible. La penumbra se
convirtió en oscuridad, para luego volver a reconvertirse. Sintió que las
paredes de su propio salón lo oprimían, le robaban el aire, le confinaban a un
estado de terror insoportable.
«Verónica, Verónica,
Verónica.»
La voz de Arturo resonaba en su cabeza, un eco
escalofriante que arañaba sus neuronas.
«Calla, calla, calla, por favor.»
Escuchó un golpeteo continuo en sus oídos, como un
martilleo aterrador. Era su propio corazón golpeando su caja torácica. Tuvo la
horrible sensación de que algo vivo corría por sus venas, lacerando todo a su
paso. La angustia contrajo su estómago, como si unas manos invisibles
estuvieran hurgando en sus entrañas. Miró a Silvia y a Beatriz con temor.
Estaban totalmente absortas. De pronto tuvo un horrible presentimiento. Creyó
que el puntero iba a moverse de un momento a otro. Impulsado por fuerzas
desconocidas, no, impulsado por Verónica. Por Dios, estaba en su casa, en su
propia casa. El terror comenzó a adoptar una forma sólida dentro de su cuerpo,
contrayendo su anatomía, cristalizando su sangre. Sintió un intenso dolor en
todos sus músculos y las piernas agarrotadas, como si perteneciesen a un cadáver.
No podía continuar con esto. No en su casa. Tenía que detenerlo antes de que
fuera demasiado tarde. Se sorprendió a sí mismo gritando en mitad de la noche.
―¡Basta! ¡Basta!
Estaba jadeando, incluso se sintió ridículo por un
instante. Todos abrieron los ojos y lo miraron fijamente. Arturo comenzó a
esbozar una sonrisa burlona.
―Tú te has cagado. Te has cagado vivo.
Todos apartaron el dedo del puntero. Tuvo la extraña
sensación de que en el preciso instante de la separación una ligera brisa pasó
por su lado, como un aliento fugaz.
―Joder, sí, me he cagado. No sé qué me ha pasado, lo
siento.
―Cariño ―intervino Beatriz al tiempo que le
acariciaba la nuca―, no pasa nada, es totalmente lógico verse impresionado
cuando practicas la ouija. Mejor dejarlo como está.
―Tranquilo Marcos ―añadió Silvia―, la verdad es que
acojona un rato. Como dije en su día, nunca debimos invocar a Verónica, es como
jugar con fuego. Teníamos que haber generalizado, creo que hubiese sido más
productivo.
―Vamos, vamos, chicas ―dijo Arturo con esa estúpida
sonrisa en su cara―, aquí lo que hemos hecho ha sido un experimento, y ha
quedado demostrado, al menos en esta ocasión, que todo está en la sugestión de
la mente, como bien defendíamos nosotros. Y como evidencia, tenemos la reacción
de Marcos. Mira a la cámara y saluda, por favor ―concluyó dirigiéndose a Marcos
con tono burlón. Su cara pálida podía incluso llegar a ser divertida.
Un trueno prolongado se escuchó en la lejanía.
Arturo se levantó de la silla, fue hasta la cámara de video y la acomodó en su
mano. Por un instante pareció ser engullido por las sombras. Encendió la luz y
se acercó a la mesa sin dejar de filmar. Marcos, que aún sentía su cuerpo
temblar, lo siguió con la mirada en silencio. La luz que había inundado la
estancia le hizo sentir un cierto alivio, pero no quería continuar con aquello.
Las historias paranormales con las que previamente se habían documentado a
cerca de Verónica acudieron a su mente.
«Tijeras, tijeras, tijeras.»
La narración de Arturo lo devolvió a la realidad. Llegó
a tiempo para ver cómo de un soplido su amigo apagaba las velas. Un hilo de
humo zigzagueante flotó ingrávido hacia el techo. El olor a cera quemada se
incrustó en su nariz.
―Tiempo de duración de la sesión: diez minutos. Como
podemos observar ―continuó Arturo―, no se ha manifestado ningún fenómeno
paranormal, y como puede apreciarse ―aplicó el zoom al tablero―, la ouija ha
permanecido estática durante toda la sesión. La intensidad de la concentración
en los participantes ha sido la apropiada, y a excepción de la... indisposición
de Marcos, nadie ha sufrido alteraciones psíquicas, ¿no es así, chicas?
Arturo encuadró a Silvia y a Beatriz en el visor.
Negaron al mismo tiempo con la cabeza.
―Bien, a falta de examinar el material grabado en la
cámara de video, damos por finalizado el experimento.
Marcos, al escuchar esas últimas palabras de Arturo,
sintió un desahogo en su corazón. Con las luces encendidas y el experimento
concluido, solo faltaba sacudirse el terror que aún habitaba en su ser. Desvió
lentamente la mirada hacia la escalera al tiempo que un trueno, algo más
cercano, explotaba en el cielo. La oscuridad moraba en la planta superior.
Donde él dormía.
«Tijeras, tijeras, tijeras.»
Era imprescindible, no, absolutamente necesario que
Beatriz se quedara esa noche con él. No quería quedarse solo en casa, por nada
del mundo. Nunca había creído en el más allá, ni había practicado una sesión de
ouija en su vida, pero ahora entendía el poder real que tiene la mente humana,
capaz de generar un terror tan intenso que no sería de extrañar que pudiese ir
un paso más allá, provocar de forma involuntaria la telequinesis, incluso la
psicoquinesis.
―Parece que una tormenta se acerca ―observó Arturo
escrutando el cielo, que se había acercado a la ventana―. Bien, mañana, más
tranquilos, si queréis podemos revisar la grabación y redactar las
observaciones finales. Por el momento, Silvia y yo nos vamos antes de que caiga
el diluvio universal. Beatriz, si quieres te llevamos a casa.
Marcos sintió una oleada de pánico recorrerle el
espinazo. Por fin se decidió a hablar, y lo hizo para implorar a Beatriz que se
quedara con él esa noche. Aunque deseó actuar con normalidad y que el
sobrecogimiento que lo azoraba no lo delatara, después de escuchar su propia
voz no supo si lo consiguió. Beatriz lo miró a los ojos. Creyó ver un cierto punto
de inquietud en su mirada. Ya le había comentado por la mañana que sus padres
estaban un tanto tirantes con ella y no quería agravar la situación pasando la
noche fuera. Conociéndolos, sería un suicidio por su parte.
―Lo siento, cariño. Ya te lo dije esta mañana. No
puedo quedarme, mis padres me matarían. ―Vio cómo Arturo y Silvia se ponían las
chaquetas. ―Tendré toda la noche el móvil encendido, ¿vale? Llámame para
cualquier cosa.
―Siento llevarme a tu princesa ―intervino Arturo con
su característica sonrisa en los labios―, pero te prometo que la dejaré sana y
salva en su casa.
Beatriz se puso también su chaqueta vaquera. La
tormenta parecía acercarse por momentos. Un rayo se dibujó en el cielo a través
de la ventana. Todo iba muy rápido, demasiado rápido. Sin apenas darse cuenta,
sus amigos y su novia estaban preparados para marcharse. Marcos lamentó (y
maldijo enérgicamente para sí mismo) que sus padres se hubiesen llevado el
coche. Acercarla él a su casa, con toda seguridad, habría aplacado su terror.
―¿Me vais a dejar así? ¿En serio?
―Tío, de verdad que estás cagado de miedo.
Tranquilo, ya has visto que tú y yo teníamos razón, no tienes nada que temer.
Los espíritus no se llevarán tu alma esta noche. Uhhhhh!
Arturo soltó una desagradable carcajada. Su estúpida
broma no le había hecho ninguna gracia. La verdad era que cuando se ponía en
plan capullo era insoportable, sin embargo, mientras pensaba en el aura de
cretinismo que envolvía a su amigo, el poco tiempo de que disponía para tratar
de convencerlos se consumió igual de rápido que la pólvora. Cuando los tres
amigos salieron por la puerta de entrada y cerraron tras de sí, ni siquiera el
cálido beso que le dedicó Beatriz pudo derribar el sentimiento de soledad que
lo embargó.
Silencio.
Marcos tuvo que aceptar que esa noche, la que
preveía intensa e interesante, tendría que pasarla en soledad. Pero se
convenció a sí mismo de que debía expulsar el terror que lo atenazaba. En
realidad, ¿qué había ocurrido? Nada. Todo estaba en su mente, contaminada por
los acontecimientos. Dejó el vestíbulo atrás y al entrar en el salón lo observó
con detenimiento. Todo estaba en su sitio. «Por supuesto, ¿qué te pensabas?» El
silencio solo era interrumpido por el sonido de la lluvia al caer, que en
cualquier otra ocasión podría resultar reconfortante, pero que ahora cobraba un
matiz siniestro.
Dirigió la mirada hacia la mesa en el centro del
salón. El capullo de Arturo se había dejado el tablero de la ouija allí. Una
espantosa idea comenzó a formarse en su mente. Imaginó que el puntero se había
movido, peor aún, que todavía lo hacía señalando letras, tratando de decirle
algo. Acobardado, se acercó lentamente a la mesa. Cuando sus ojos lograron
divisar el tablero con claridad comprobó que una vez más su mente le había
jugado una mala pasada. El puntero seguía en el mismo lugar donde lo dejaron.
Esbozó una media sonrisa nerviosa. Lo cogió con
manos temblorosas y lo metió debajo del sofá. Un trueno retumbó tan fuerte como
si una montaña se hubiese desplomado. Las luces titilaron produciendo un
zumbido parecido al de una abeja dentro de un vaso. Levantó la vista hacia la
lámpara de estilo minimalista. Si se quedaba a oscuras esa noche, posiblemente
su corazón se colapsaría. Sin perder tiempo, sacó el mechero del bolsillo y encendió
las velas que habían utilizado para la sesión de ouija. Cuando lo hizo, en
cierto modo se sintió algo más seguro.
«Joder, no pasa nada, no pasa nada, vete a dormir ya
y mañana te reirás de todo esto.»
Su expresión se oscureció cuando un ruido llegó
desde la planta superior. Su cuerpo sufrió un severo estremecimiento nacido en
la boca de su estómago. Se quedó petrificado, incapaz de mover un solo músculo,
tratando de identificar qué lo había provocado. Su mente, aterrorizada, se puso
a funcionar a toda velocidad como mecanismo de defensa. Era como... como si
algo hubiese caído al suelo. En lo primero que pensó fue en Verónica. Aunque
nunca encontraron imágenes de su aspecto, su mente esbozó un rostro deformado,
cruel, con la piel agrietada como un terreno árido y el cabello oscuro,
enmarañado y sucio cubriéndole la mitad de la cara. Pero lo peor que su mente
pudo perfilar fue su mirada. Medio encubierta por las tiras andrajosas de pelo
caído, revelaba el mal que habitaba en ella, una mirada fruncida, cargada de un
odio desmedido, de tal profundidad que sería capaz de inducir a la locura a
quien se atreviese a interponerse en su camino.
Debía apartar esa imagen de su mente si quería
mantener su corazón de una sola pieza, recuperar el raciocinio, pensar con la
lógica que siempre le había caracterizado. Lo más probable es que el temblor
que habían provocado los truenos en los cimientos de la casa hubiese hecho que
algún marco, o lo que fuese, perdiese el punto de apoyo y se hubiese caído.
Ya está.
Tan solo eso.
Verónica.
Aunque lo intentó, sus técnicas de auto-convicción fueron
insuficientes ante el terror que infundía Verónica. La única forma de salir de
dudas era subir allí arriba y averiguar qué había producido ese ruido.
Había sido un error, un grave error invocar la
presencia de Verónica en su propia casa. Silvia tenía razón, debían de haber
generalizado, invocar la presencia de un familiar fallecido, por ejemplo.
Estaba convencido de que ahora no estaría atenazado por el miedo. Pero
Verónica. Por Dios. Incluso él había escuchado historias aterradoras de gente cercana
a él que había tenido una mala experiencia al tratar de invocarla.
Y ahora, mientras amasaba todos esos pensamientos en
su mente, se sorprendió a sí mismo poniendo el pie en el primer escalón. Se
sujetó tembloroso a la barandilla y alzó la mirada hacia el final de la
escalera. A partir del discreto vestíbulo en el que desembocaba, todo era
absoluta oscuridad. Opresiva. Esperando su llegada.
Encendió la luz del pasillo de la planta superior
pulsando el interruptor a su derecha. Estaba loco si pensaba subir allí a
oscuras. Pero antes de poder llegar al segundo escalón ocurrió lo que más
temía. Un trueno hizo estremecer los cielos y la luz, después de parpadear unos
instantes, se apagó. Su corazón bombeó tanta sangre al mismo tiempo que la
sintió correr por sus venas, haciendo que le ardiera la piel. Gracias a Dios,
la precaución de encender con anterioridad las velas había evitado que la casa
quedase totalmente a oscuras. Ahora, igual que cuando realizaron la sesión de
ouija, el salón había quedado en la penumbra. Las sombras en la pared,
agitándose como fantasmas enfurecidos, consiguieron que la sensación de terror
se acrecentara.
«No, por favor, no.»
Sabía que su padre tenía una linterna guardada en
alguna parte del garaje, pero por nada del mundo estaba dispuesto a bajar allí.
Tratando de calmarse y sosegar así los enrabietados latidos de su corazón,
consideró mejor opción sacar una de las bandejas metálicas que su madre
guardaba en el mueble del salón y juntar allí todas las velas, incluso las que
todavía estaban dentro de la caja. Todas menos una, que prefirió dejarla sobre
la mesa para tener un punto de luz en el salón, por muy débil que fuese. Comenzó
a subir las escaleras con la bandeja por delante, como si fuese un inexperto camarero.
La tenue luz ambarina que brindaban las velas conseguía que la oscuridad (de
una forma sobrecogedora a su modo de ver), se desvaneciese conforme avanzaba. Cuando
llegó al pequeño vestíbulo se detuvo indeciso. La planta superior estaba
formada por tres dormitorios, el despacho de su padre y un cuarto de baño.
Todas las estancias convergían en un espacioso pasillo en forma de L. Dirigió
la mirada hacia el fondo de éste, hasta el punto donde giraba rodeando la casa.
Allí, la luz apenas llegaba, ya que iba perdiendo intensidad hasta ser
absorbida por la oscuridad.
Aunque había dominado los latidos de su corazón por
un instante, ahora volvía a sentir cómo se disparaban de nuevo. Le costaba
tragar saliva y el frío que habitaba en la parte alta de la casa, debido a la
tormenta, pensó, estaba provocando que su cuerpo comenzase a temblar de forma
incontrolada. Tanto era así, que se vio obligado a sujetar la bandeja con las
dos manos para que no cayera.
La razón por la que había subido era obvia.
Averiguar qué había producido aquel espantoso sonido. Sin embargo, ahora que
había logrado llegar hasta allí, ya no estaba tan seguro de querer saberlo.
Daba igual, la causa había sido por los truenos, el temblor había hecho que
algo cayese al suelo. Convencerse a sí mismo de que los fenómenos paranormales
no existían era el primer paso. Además, ahora que el miedo inicial a subir
había sido vencido, no se encontraba con las fuerzas suficientes para
inspeccionar todas las habitaciones una por una.
Lo mejor, sin duda, era la idea que le había rondado
por la cabeza minutos antes. Meterse en la cama y dormirse hasta la llegada del
nuevo día. Además, necesitaba el calor de sus sábanas, porque a cada segundo
que pasaba el frío se hacía más intenso. Cruzó el pasillo muy despacio. Las
puertas de las habitaciones, una desmesurada manía de su madre, estaban todas
cerradas. Su dormitorio estaba al final, después de girar el pasillo. Tuvo la
desquiciante sensación de que cuando doblase el pasillo se encontraría a
Verónica, un ser demoníaco formado por materia etérea flotando ante él. Apartó
esa imagen de su cabeza tan rápido como pudo.
«Recuerda, los fenómenos paranormales no existen, no
seas estúpido, no te dejes sugestionar.»
Cuando llegó al punto de intersección comprobó
aliviado que nada había allí. Apretando el paso, dejó atrás el despacho de su
padre y se metió en su habitación. Por un momento dudó al tiempo que sujetaba
el pomo, pero al final decidió cerrar la puerta. Echó un rápido vistazo. Todo
estaba en su sitio, por lo que dedujo que en su dormitorio no había caído nada
al suelo. Suspiró aliviado. Allí, en su bunker particular, se sentía un poco
más seguro. No quiso perder más tiempo. Dejó las velas sobre la mesita de noche
y comprobó si había vuelto la luz. Al ver que no, dejó el mechero y el teléfono
móvil junto a la bandeja, se quitó la ropa mientras trataba de dominar los
temblores y, en calzoncillos, se metió debajo de las sábanas. Su cuerpo
tiritaba con espasmos convulsivos. Mientras esperaba a entrar en calor pensó en
Beatriz. Si se hubiese quedado esa noche, ahora su cuerpo estaría dándole un
calor insuperable.
Un relámpago iluminó la habitación. El trueno lo
siguió a los pocos segundos. Se había dejado la persiana subida. Pensó que
ahora daba igual porque no tenía intención de salir de la cama. Pasaron los
minutos y su cuerpo fue aclimatándose poco a poco. El calor que lo embargaba
hizo que el sueño acudiese irremediablemente. Observó con ojos cansados las
sombras que las llamas de las velas proyectaban sobre el techo. Tenían un
extraño poder hipnótico. La lluvia se había convertido ahora en un sonido
relajante. Se incorporó en la cama y sopló con fuerza. Las velas se apagaron y
el olor a cera derretida, de nuevo, impregnó sus células olfativas. Mientras
pensaba si podría conciliar el sueño después de la amarga experiencia vivida,
se quedó dormido sin darse cuenta.
Silencio. Oscuridad.
Silencio. Oscuridad.
Silencio. Oscuridad.
Algo luminiscente se filtró a través de sus
párpados. Marcos se resistió a despertar, pero era tan molesto que finalmente
lo hizo. Cuando abrió los ojos aturdido, la luz de la lámpara principal le
obligó a entrecerrarlos y a apartar la vista a un lado. Se sintió confundido,
todavía influido por el estado onírico del sueño.
«¿Pero qué coño?»
Poco a poco su mente fue adentrándose en la
realidad. La corriente eléctrica debía de haber sido restaurada, sin embargo,
hubiera jurado que cuando pulsó el interruptor antes de acostarse lo había
vuelto a dejar en la posición de apagado. Sacó el brazo de debajo de las
sábanas y cogió el teléfono móvil. Las 2:34. Lo dejó caer sobre la mesita de
noche y volvió a refugiarse entre las sábanas. Hacía mucho frío. Demasiado,
pensó. Observó la luz con ojos escocidos. Por ahora, mantenerla encendida le
hacía sentirse un poco más seguro. Pero esa sensación duró exactamente las
décimas de segundo que tardó en parpadear. Cuando volvió a abrir los ojos la
luz se había apagado de nuevo.
El sobresalto que sufrió a continuación aceleró su
pulso. El estruendoso ruido que escuchó en la casa lo identificó como podía
haber reconocido cualquier otro sonido natural que se produjese en ella. Varias
puertas, quizá todas las de la casa, se habían cerrado con un fuerte portazo
haciendo retumbar las paredes. Todas a la vez, perfectamente sincronizadas. Eso
no era normal. Nada normal, pensó. El terror comenzó a reptar por su espina
dorsal, clavándole las uñas, lamiéndola con su áspera y sucia lengua. Él mismo
lo había visto con sus propios ojos. Cuando recorrió el pasillo estaban todas
cerradas, sin excepción. ¿Cómo era posible? Sintió su cuerpo paralizado por el
terror, notaba cómo la carótida palpitaba desenfrenada en su cuello.
«Verónica.»
Sus pensamientos se llenaron con su nombre. La había
traído a su propia casa, no había duda. Sus creencias escépticas se derrumbaron
como un castillo de arena. Existía. Realmente existía. Todas las historias que
había leído, que había escuchado. Todo era verdad. Escuchó a través de la
puerta unos pasos lentos en el pasillo, más bien se arrastraban, como si quien
quiera que fuera tuviera los pies dislocados, o retorcidos. Se acercaban a su
habitación, podía sentir el recorrido a través de la pared. No lo podía
soportar, su corazón era ahora una masa de carne sanguinolenta tratando de
escapar de su pecho. Comenzaba a hiperventilar. El terrorífico rostro de
Verónica se creó en su mente. Su dentadura carcomida y ennegrecida, su boca
abierta de forma descomunal, sus ojos enloquecidos escrutando su mirada. Si
hubiera podido ver su propio reflejo en un espejo, hubiese visto el grado de
deformidad que alcanzó su expresión a causa del terror desmedido que lo había
poseído.
Un paso más.
Una primera reacción. Alargó la mano y cogió el
móvil. Con manos trémulas buscó en la lista de llamadas el número de Beatriz.
Sus dedos apenas respondían.
Otro paso más.
Cuando lo encontró una ínfima esperanza nació en él,
que desapareció tan pronto como la operadora robótica le indicó que el número
estaba apagado o fuera de cobertura.
«Señor, no, por favor, no.»
Un paso más. Casi había llegado a la puerta.
«Es imposible, imposible. Dios mío, ayúdame.»
Abrazó el móvil contra su pecho. Los pasos se
detuvieron frente a la puerta. Sus ojos, desorbitados, se clavaron en ella.
Apenas podía percibir el contorno en la penumbra que moraba en la habitación.
Un rayo fugaz iluminó por unos segundos la estancia inundándola de un color
azul blanquecino. Jadeó. Lanzó un débil gemido de terror. El pomo de la puerta
comenzó a girar. Lo supo por el sonido herrumbroso que produjo.
«Lo siento, Verónica, lo siento. Por favor, no.»
Susurró esas palabras en un fino hilo de voz, una
súplica desesperada por su vida. Sintió algo en la mejilla. El pomo llegó al
final de su recorrido. Era una lágrima. Caliente. La sintió salada cuando llegó
a sus labios. La puerta comenzó a abrirse. Las bisagras, aunque nunca se había
dado cuenta de ello, chirriaron como si fuera una acción dolorosa. Notó que
algo caliente empapaba sus piernas. Algo caliente y húmedo. Su boca se
desencajó de terror. Una procesión de imágenes perversas desfiló por su mente.
Cicatrices abiertas, huesos astillados rasgando la carne, bocas masticando sus
propios dientes, seres deformes mostrando sus tendones arrancados. Los
escalofríos que sacudían su cuerpo eran insoportables, como una sucesión de
corrientes eléctricas. Su corazón estaba a punto de desintegrarse. La puerta
golpeó contra la pared. Se había abierto por completo. El ambiente era ahora
glacial. Paralizado como un poste, trató de divisar algo en la oscuridad, una
silueta, una sombra. No vio nada, pero sabía que algo se acercaba. Algo no.
Verónica. Era ella. Sentía el arrastrar de los pasos, dificultosos,
sorprendentemente lentos. Un hedor putrefacto le provocó una arcada. Olía a
carne descompuesta, agusanada por el paso del tiempo.
―¡Por el amor de Dios, no!
«Verónica.»
Escuchó un susurro desde algún lugar de la
habitación. Un susurro agonizante, como si hubiese sido pronunciado por una
boca desprovista de cuerdas vocales, un gorgoteo distorsionado que no podía
pertenecer a ningún ser humano. Había pronunciado su nombre, estaba seguro. Lo
llamaba a él, solo a él. Los pasos se detuvieron frente a la cama. Sentía su
presencia, el mal materializado, incluso intuía su sonrisa maléfica.
De pronto sintió un dolor intenso en el tobillo
derecho. Lanzó un aullido, más bien un sollozo doloroso. Conocía esa sensación.
Su piel había sido lacerada sin clemencia. Mientras su mente aterrada y fuera
de sí trataba de averiguar cómo había ocurrido, un nuevo tajo se creó en el
empeine de su pie izquierdo. Éste parecía más largo y más profundo. Su grito de
dolor reverberó en las paredes de su habitación.
―Marcossss
La voz inhumana proveniente de ningún lugar se clavó
en sus tímpanos y penetró como un ácaro enloquecido hasta su cerebro. Un nuevo
corte se formó en su tibia. Y otro más en el gemelo derecho.
―¡No, por el amor de Dios, no, por favor!
Sus ruegos no eran escuchados. Las laceraciones
fueron ascendiendo por sus piernas, pasando por sus muslos, llegando a la
cadera. Se levantó presa del pánico y corrió trastabillando con sus propios
pies. Apenas veía nada, pero en algún recoveco de su cerebro todavía estaba la
disposición de su cuarto, de toda la casa. El dolor infligido era insoportable,
aun así, los cortes no cesaban. Los sintió en la espalda mientras alcanzaba la
puerta de su dormitorio. Su mente, desconcertada a la vez que bloqueada por el
terror, no entendía qué estaba sucediendo. Allí no había nadie, estaba solo en
casa, decía su voz más racional, sin embargo, la más absurda se preguntaba cómo
podía ocurrir. ¿Qué le estaba haciendo?
Salió al pasillo tropezando con las paredes. Allí la
oscuridad era absoluta. Necesitaba ir al cuarto de baño, mirarse al espejo.
Tanteando con las manos llegó al punto de giro. El lavabo era la primera puerta
a la izquierda. Palpando la pared la encontró. Estaba cerrada. Sin perder
tiempo giró el pomo y la abrió con brusquedad. Todavía sujetaba el teléfono
móvil en la mano, tan fuerte que podría haber sido capaz de partirlo en dos.
Entró a trompicones y cuando, desesperado, se acercó al lugar donde debía de
estar el espejo su pie chocó dolorosamente con algo que produjo un ruido
metálico al deslizarse por el suelo. Sintió un dolor agudo en los dedos
desnudos del pie. Encendió el móvil y dirigió el débil haz de luz que
proyectaba hacia el suelo. Las laceraciones aleatorias habían alcanzado el
pecho. Su cuerpo entero era una masa de dolor insoportable, sentía cómo la
sangre, caliente todavía, corría por su piel como si de una cascada se tratara.
Cuando sus ojos desquiciados vieron el objeto que su
pie había golpeado, una ola abrasadora subió por su esófago hasta la garganta
transformándose en un angustioso alarido de terror. Allí, junto al mueble de
madera, reconoció las tijeras que su madre guardaba en su cesta de costura. El
metal desprendió un brillo sarcástico.
Sus brazos. Ahora dolían como si le estuviesen
arrancando la piel. Los cortes se producían más rápido, llegando hasta las
manos. Algunos más profundos, otros no tanto. Con un movimiento lento se
incorporó ante el espejo. A pesar de ello, sintió en todo su cuerpo cómo su
carne se abría, cómo escupía ríos de sangre. Las incisiones habían comenzado a
ascender por el cuello. Incomprensiblemente, en esa zona de su cuerpo eran más
superficiales, y se cuidaban de no seccionar ninguna arteria vital, como si no
quisiese acabar con él rápidamente.
Aterrado e incapaz de soportar por más tiempo el
dolor, al fin se atrevió a iluminar el espejo y contemplar su propio reflejo.
Tenue. Blanquecino. Horrorizado, observó su cuello cubierto de sangre, espesa,
de un tono rojo negruzco. Escrutó su rostro. De pronto, un corte se creó de la
nada en su mejilla. Observó aterrado cómo la carne se abría, cómo hacía un
recorrido de unos tres centímetros como si se rasgase una tela tirante. La
sangre comenzó a brotar escandalosamente. Temblando de puro terror, sintió un
dolor intenso en la otra mejilla. Otra incisión apareció como por arte de
magia. Era como si su carne estuviese explotando desde dentro. Girones de
tejido se descolgaban conforme la grieta se abría.
―¡No, no, por favor!
Marcos explotó en un llanto quejumbroso. No quería
mirar el resto de su cuerpo. Se negaba a ver lo que Verónica había hecho con
él. Un nuevo tajo se formó en su frente. Otro en su barbilla. Y otro junto a la
nariz. Gritó enloquecido suplicando piedad. Sin embargo, como respuesta, la
comisura de sus labios se abrió de forma espectral, dibujando una ridícula
sonrisa permanente.
―Ohh, no, no, no.
Su voz sonó defectuosa a causa de las graves
heridas. Fuera de sí, se agarró un mechón de pelo y tiró tan fuerte que lo
arrancó de golpe. Ahora, algo extraño sentía en la boca. Sí, notaba cómo le
bailaban todos los dientes. Sus encías comenzaron a sangrar y uno de sus
incisivos se desatornilló empujado por una fuerza sobrenatural.
Su mente solo pudo echar mano de su instinto más
primigenio. Huir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Haciendo un
ingente esfuerzo y tratando de soportar el dolor, se giró y salió al pasillo
con dificultad, arrastrándose, ayudándose de las paredes para no caer. Los
cortes no cesaban. Dejó caer una muela como pudo de su boca agrandada. Escuchó
un susurro fantasmal recorrer el pasillo. Pronunciaba su nombre, una y otra
vez. La escalera estaba cerca. Ahora, en su mente no había lugar para otra cosa
que no fuera escapar de su propia casa con vida. Era lo único que de alguna
forma mitigaba su dolor. Vivir. Solo vivir. Avanzó unos metros que parecieron
kilómetros. Pensó en Beatriz. En lo más hondo de su corazón sabía que no
volvería a verla. Que aquella había sido su última noche juntos. Sus lágrimas
se entremezclaron con la sangre que cubría su rostro como una máscara infernal.
«Beatriz.»
«Beatriz.»
Había llegado al final del pasillo. Una nimia
esperanza.
«Beatriz.»
«Te quiero.»
«Verónica.»
Frente a la escalera, sintió cómo una fuerza etérea
empujaba su espalda rasgada. El final del trayecto era un pozo oscuro, un lugar
donde se congregaban las almas descarriadas. Su cuerpo se precipitó escaleras
abajo. La primera vuelta le fracturó el brazo derecho. La segunda, la muñeca
izquierda. La ultima de todas, cuando chocó violentamente contra el suelo, fue
su cuello el que se quebró adoptando una forma antinatural.
―Verónicaaaa.....
El susurro, que había surgido de una garganta
invisible en algún lugar de la planta superior, gravitó por el espacio hasta
desaparecer por la estrecha rendija de la puerta.
*
* *
Arturo se despertó de pronto, como si su cerebro
hubiese recibido un electroshock. Abrió los ojos desconcertado. Había tenido un
extraño sueño, pero no recordaba cuál era. Ladeó la cabeza hacia el
reloj-despertador. Los números rojos daban las 3:12 de la madrugada. Después de
dejar en casa, primero a Beatriz y luego a Silvia, maldijo a sus padres por no
avisarle de que esa noche saldrían a divertirse un rato. Podría haberlo pasado
muy bien con Silvia, pero que muy bien. En cambio, allí estaba, con la única
compañía de su perro, Chewy, un Border Terrier de siete años con muy malas
pulgas, que debía de estar durmiendo en la cocina.
Escrutó la oscuridad que envolvía la habitación. La
lluvia salpicaba en los cristales de su ventana, y ocasionalmente, se escuchaba
un trueno en la lejanía. Sus pensamientos se centraron en Marcos. Lo cierto es
que había sido gracioso cómo se había impresionado con aquella historia. La
comisura de sus labios se alzó lo suficiente como para dibujar en su rostro una
expresión perversa. «Marcos. Mi querido Marcos, siempre tan emocional. ¿Cuándo aprenderás?»
De pronto tuvo la sensación de que la temperatura
había bajado unos grados, porque incluso debajo de las sábanas, comenzó a
temblar.
«Joder.»
Un llanto lastimero rompió el silencio que habitaba
en la casa. No era de la calle, como había creído en un principio, provenía de
dentro de la casa. Aunque en un principio le pareció que era humano, descubrió
que era Chewy el que lloraba, una especie de ladrido prolongado tan agudo que
le arrancó un escalofrío.
«¿Qué coño le pasa a ese perro, por Dios?»
El susurro espectral que escuchó a continuación hizo
en él el mismo efecto que si se hubiese tragado su propia lengua. Era como si
hubiese sido pronunciado por alguien atragantado, igual que si respirase hacia
dentro con una dificultad pasmosa, con una vibración desmesurada en cada sílaba.
Pero había sido suficiente como para entender la palabra que había sido
articulada. No había opción a la duda.
Su corazón se aceleró y una ola de escalofríos
sacudió su cuerpo como si fuera de trapo. La confusión y la incredulidad
cortocircuitó su cerebro. Aquello era imposible. Imposible.
Verónica.
Había escuchado la palabra Verónica.
FIN

Enhorabuena, nunca leo relatos de terror y me ha gustado mucho.
ResponderEliminarMuchas gracias Alfredo!
ResponderEliminarSigue escribiendo
ResponderEliminarMe ha gustado
Nunca me hubiera imaginado leyendo libros de terror
He leído los anteriores y seguiré leyendo todos los que escribas
Muchas gracias por leerme. Un verdadero honor.
ResponderEliminarMe gustan tus historias...
ResponderEliminarMuchas gracias!
ResponderEliminarAcabo de conocerte... TREMENDO!!
ResponderEliminarMe alegro de que te haya gustado. Gracias!
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