miércoles, 19 de abril de 2017

EL COMECARAS
   
Aquel día salió el sol entre los edificios, como siempre, pero para el comecaras (lo llamamos así a partir de esa tarde) marcó su vida como el fuego a la res de un ganadero.
   Recuerdo que éramos pequeños, o quizá no tanto, casi adolescentes, sí, eso es. En Valencia, cuando llegaban las Fallas, en los barrios se desataban pequeñas guerras, con munición de verdad (en aquella época la vendían en todos los kioscos, no hacía falta tener un bunker preventivo en la trastienda), batallas que había que ganar, por el prestigio y toda esa tontería que corría por nuestro ego territorial.
   Aquella tarde nunca la olvidaría. Aún puedo ver al comecaras (un muchacho algo más mayor y al que solo conocía de vista) de pie en un patio, o puede que en el escaparate de una tienda, ese detalle baila en mi memoria. Pero lo que sí conserva su frescura, y que todavía me pone los pelos de punta, es lo que sucedió a continuación.
    Un grupo de cuatro chicos, nunca los había visto, iba en procesión lanzando petardos de los que si te explotan en la mano ya puedes correr y encargar una prótesis para el resto de tu vida. La calle estaba concurrida, pero no tenían reparo en tirarlos al azar en cualquier dirección. Nosotros nos apartamos, al igual que el resto de la gente, pero el comecaras no se movió de su sitio, a lo mejor no tenía miedo, o puede que no quisiera dejarse intimidar.
   Uno de ellos explotó a pocos metros de él. El estruendo fue ensordecedor. Quien lo había lanzado reía, desagradable y burlonamente. Cogió otro de una bolsa, prendió fuego a la mecha y lo volvió a lanzar en su dirección, apurando la mecha casi al límite, una auténtica imprudencia que bajo mi punto de vista hubiera sido mejor perder la mano que lo que le esperaba en los siguientes horribles minutos. El petardo explotó en el aire, muy cerca de la cabeza del comecaras. La explosión, aparte de que debió dejarlo sordo momentáneamente, también debió romper alguna conexión de su mente, sin duda, la que separa la locura de la cordura.
   Corrió hacia el muchacho, y aquel, al verlo, trató de huir. Parecía hábil y hacía precisos quiebros que por un momento pensé que lograrían hacerle escapar de él. En uno de ellos, la mano del comecaras rozó la chaqueta, tan solo con la punta de los dedos, pero la rabia y la ira que lo poseían (lo vi en sus ojos, ese destello inconfundible) le dieron el impulso suficiente para alargar el brazo y cogerle por la chaqueta.
    En ese preciso instante fue cuando comenzó el horror.
   La rabia y la ira también te proporcionan una fuerza antinatural, como si de pronto hubiesen diez hombres dentro de ti. Lo sé por experiencia, y eso fue lo que debió motivar que el comecaras cogiese la cabeza de ese muchacho y la manejase con tanta soltura como a una calabaza.
   No sé cómo aquel impulso se adueñó de mí. La explosión todavía retumbaba en mi cabeza, y creo que solo quería hacerle pagar por ello. Mordisqueé sus mejillas, su nariz, sus labios. Debía de gritar, pero no lo oía. Solo miraba su cara carcomida y ensangrentada, y pensaba que todavía no era suficiente, que tenía que seguir mordiendo hasta que el daño fuera irreparable. Sentí su carne triturada entre mis labios, un sabor cobrizo que no me detenía, la escupía y volvía a por más.
   La rabia me cegó. Cuando alguien me separó y recuperé la cordura, fue cuando me arrepentí. Solo en ese momento. Hasta entonces, sentí como si un demonio hubiese tomado el control de mi cuerpo.
 A veces, lo veo por el barrio, en soledad. Comecaras le llamamos, pero nadie se atreve a pronunciarlo en voz alta cerca de él. Nunca se sabe.

FIN


5 comentarios:

  1. ¡Qué bueno e inquietante, Diego! Conviene mantenerse a una distancia prudencial del 'comecaras' ;))
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Miriam! En la pesadilla ha sido mucho peor, jajaja

    ResponderEliminar
  3. Madre de Dios!!! Que asco!! Pobre chaval... Si, vale, un poco idiota por lanzar así los petardos, pero de ahí que te coman la cara (literalmente) puaaajjjjjjj
    Muy de tu estilo ^^ Me encanta!
    Un abrazo Diego! Y gracias por este regalito jiji Ciao!

    ResponderEliminar
  4. Madre de Dios!!! Que asco!! Pobre chaval... Si, vale, un poco idiota por lanzar así los petardos, pero de ahí que te coman la cara (literalmente) puaaajjjjjjj
    Muy de tu estilo ^^ Me encanta!
    Un abrazo Diego! Y gracias por este regalito jiji Ciao!

    ResponderEliminar
  5. Gracias Carmen! Me alegro de que te haya gustado!

    ResponderEliminar

Gracias por tus comentarios