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ALICE
¿Cuánto tiempo tarda la vejez en hacerte ver que tus días están contados? ¿En hacerte aceptar que lo que antes ascendía a una velocidad perezosa, ahora desciende peligrosa y vertiginosamente hacia el fin absoluto? ¿Que tu cuerpo, antes ágil y fibroso, se ha convertido en una masa de carne arrugada y descolgada, que incluso puede llegar a crear aversión en los demás?
Bruce Compton hacía tiempo que había
superado esa etapa. Era, por decirlo de algún modo, como si sintiese el suave
roce de la horca sobre su piel desde el día en que murió Alice, su esposa. No
le daba miedo pensar que algún día apretaría tanto el lazo que le sería
imposible respirar, o que incluso le partiría el cuello con tanta facilidad
como un cascanueces aplasta la cáscara de una nuez. Eso ahora era lo de menos. Tenía
algo mucho más importante en lo que pensar. Algo que lo despertaba cada noche
cubierto de un sudor pegajoso y entre alaridos de terror.
Bruce se sentó en el borde de la cama
con pesadez y buscó sus gafas en la mesita de noche. Eran un modelo antiguo,
rotas por la montura y unidas con un sucio trozo de cinta adhesiva. Hacía años
que había dejado de fumar, pero el mal había echado raíces en sus pulmones.
Tosió con fuerza, esparciendo diminutas gotas de saliva por el aire. Cada vez
que lo hacía, sentía cómo sus pulmones se contraían y se expandían, con una
punzada de dolor en cada golpe, como si no fueran capaces de volver a soportar
el oxígeno ni un segundo más.
Cuando logró paliar la tos miró a
través de la ventana abierta. La oscuridad habitaba al otro lado del umbral. Una
cálida brisa entró por ella, fue lo más parecido al suave roce de una caricia. Corría
el mes de julio, por lo que pensó que, como las últimas semanas, debía de ser
temprano todavía. Suspiró. No podía engañarse a sí mismo, fingir que no estaba
ocurriendo. En lo más profundo de sus pensamientos sabía que eran las cuatro de
la madrugada. Como cada noche.
La hora en que murió Alice.
Enfocó la mirada temerosa en el
reloj digital.
4:00
Los números en rojo resplandecían en
la oscuridad de su habitación. Una mirada numérica acusatoria. Clavó sus ojos en
los dos ceros rectangulares. Parecían los ojos del diablo, observándolo,
esperando su momento con paciencia milenaria. Palpó tembloroso la pared en
busca del interruptor, y tras un débil chasquido, la amarillenta luz iluminó la
habitación.
Consiguió levantarse ayudándose de
un perchero metálico repleto de prendas de vestir. Allí, tenía colgada parte de
su indumentaria de invierno. La que no le cabía en sus repletos armarios. Sí,
también era cierto que la vestimenta de Alice (conservaba hasta la última prenda)
también era voluminosa, suficiente para llenar la parte del armario que le
correspondía más tres perchas ocultas entre los montones de objetos que tenía
acumulados en el resto de la casa.
Esquivó unas cajas apiladas, apartó
la cabeza para no chocar con su colección de sombrillas de playa y logró llegar
a la puerta por un angosto pasillo que había habilitado entre la porquería
acumulada. Se fijó en un tocadiscos de los años 70 que reposaba ladeado entre
una pila de libros descoloridos. ¿Cómo iba a tirarlo? Era una reliquia, algo
que dentro de algunos años valdría una fortuna. ¿Los libros? No, él no era
quien para juzgar y ejecutar el costoso trabajo de tantos escritores.
Ted, su hijo, decía que la casa era
una porqueriza, que estaba enfermo y necesitaba ayuda, que sufría el Síndrome
de Diógenes. ¿El síndrome de qué? Nunca entendió qué significaban esos extraños
nombres que los médicos inventaban para las enfermedades. Además, él no estaba
enfermo. Sin embargo, hacía tiempo ya que esa cuestión era intrascendente.
¿Cuándo fue la última vez que Ted y
su familia lo visitó? Ya no lo recordaba, la fecha se había perdido en algún
punto de su mente sin retorno. Apenas podía dibujar en sus pensamientos el
rostro de su nieto. Tenía una risa contagiosa, sí, eso todavía lo tenía
presente.
Ted lo culpaba por la muerte de su
madre, y eso nunca se lo perdonó, alejándose de él y abandonándolo en una
soledad tan viscosa que la muerte hubiese sido mejor castigo. La vida, en
algunas ocasiones, espera tu momento más vulnerable para cavar un socavón bajo
tus pies, pero Bruce pensaba que con él había obrado con un ensañamiento
desproporcionado. Sí, la vida sabe dónde golpear para anularte por completo.
Tienes que ser fuerte, muy fuerte, pensaba, para sobreponerte, para hincar la
rodilla en el suelo y volver a levantarte. Sin embargo, sus rodillas hacía
tiempo ya que estaban a merced de la artritis. Fue doloroso admitir que ya
nunca lograría alzarse, que la vida, como en la mayoría de los casos, acaba
ganándote la partida.
Cruzó el pasillo flanqueado por
montañas de trastos inútiles y entró en la cocina. El tubo fluorescente
parpadeó gimiendo un ridículo titileo hasta que la luz absorbió la oscuridad. Para
él, el olor nauseabundo que flotaba en el aire pasó desapercibido, formaba ya
parte de la casa. Las bolsas de basura, negras como tumores malignos, se
amontonaban exhibiendo un peligroso equilibrio en la entrada, dejando el
espacio suficiente para que su obeso cuerpo cupiese entre ellas. Una cucaracha
trazó un alocado recorrido en el suelo, ocultándose del repentino destello por
un pequeño hueco entre las bolsas.
Se ajustó las gafas en el puente de
su nariz y se acercó al fregadero. La vajilla, sucia y con restos de comida
reseca, se asomaba peligrosamente por el borde. Luego, quizá, la fregaría.
Resopló. Cogió un vaso mugriento, abrió el grifo y lo llenó de agua. Las
tuberías crepitaron detrás de las paredes como si los cimientos hubiesen
sufrido una arcada. Se lo bebió de un trago y lo dejó con mano temblorosa sobre
la bancada.
Su mirada se detuvo en algún punto
del cielo oscuro y estrellado enmarcado en la ventana. Era cierto, había muchas
estrellas esa noche, pensó, y en lo más profundo de su corazón sabía que una de
ellas era Alice. Su Alice.
Qué injusto estaba siendo Ted. Cuarenta
años de sus vidas compartieron juntos, buenos y malos momentos, no tenía ni
idea de lo que uno siente cuando la persona a la que has amado durante tanto
tiempo se va sin previo aviso. Cuando, a partir de un fatídico segundo en la
vida, sabes que nunca más podrás abrazarla, o contarle que te ha salido un
extraño bulto detrás de la oreja. Sonrió cuando recordó cómo se enfurecía
cuando, furtivamente, apilaba alguno de sus trastos en un rincón de la casa. Era
ella quien guiaba sus pasos, quien ponía orden en su cabeza.
«Con el tiempo lo sabrás, hijo mío.
El maldito tiempo acabará por hacerte comprender.»
Quizá sí estaba enfermo. Sus ojos se
humedecieron cuando su mente trazó un esbozo de aceptación. Quizá Ted tenía
razón. Sin embargo, ya no le importaba que su hijo estuviese en lo cierto. Las
señales durante las últimas semanas eran claras. A las 4:00 de la madrugada.
Tragó con dificultad.
Alice sufría de insomnio. La mayoría
de las noches las pasaba en vela, deambulando por la casa arriba y abajo,
quitando el polvo o poniendo lavadoras, el precio de la luz era más barato,
decía. Solo lograba relajarse y dormir unas pocas horas cuando tomaba un buen
baño con agua caliente. Siempre a las 4:00 de la madrugada, tan precisa como el
amanecer del día cada mañana.
Su mirada se clavó en una estrella
en concreto. Brillaba más que ninguna, destacaba como una hoguera en un oscuro
bosque. Su mente mitigó el dolor que le atravesaba el corazón. Tosió con fuerza,
y cuando logró calmarse evocó la última noche, la noche en la que Alice nunca
logró salir de la bañera.
Cuando la descubrió a la mañana
siguiente, su cuerpo desnudo yacía hundido en el fondo como un bloque de
cemento, con los ojos abiertos, con su mirada vacía contemplando la luz flotante
que debió venir a por ella. A Bruce le gustaba pensar así, era una forma que
tenía de contener el terrible dolor que lo castigaba día tras día. El único modo
de soportarlo. Los pies de Alice resbalaron cuando se disponía a salir. Sus
frágiles manos no tuvieron la fuerza suficiente y se deslizaron por el borde la
bañera. Su nuca golpeó con todo el peso de su cuerpo contra la bañera y, según
la policía, la muerte fue instantánea.
¿Qué podía haber hecho él? ¿Cómo
podría haberlo evitado? ¿Por qué su hijo le culpaba por ello?
Sí, la muerte de una madre es algo
muy doloroso, entendía su sufrimiento, él también pasó por ello, pero Ted, sin
saberlo (o a conciencia), también lo enterró a él al dejarlo en el olvido, a su
propio padre.
Ahora ya era demasiado tarde para
todo. Para buscar culpables, para tratar de hacer entender a Ted, para
resucitar a Alice de entre los muertos. Escuchó un ruido a sus espaldas, como si
las bolsas de basura se hubiesen ajustado entre ellas. Se giró intrigado, pero
no tenía miedo, no había espacio para él. Era la hora, lo había aceptado. Los
tubos fluorescentes parpadearon. Bruce contuvo el aliento y congeló la mirada
en las negras bolsas amontonadas. Una gota de sudor se desprendió de su frente
desintegrándose contra el suelo. Las bolsas se agitaron de nuevo.
Era inevitable. Algo había allí, y finalmente
no pudo impedir que un frío terror se adueñara de él. Su corazón se estremeció,
y a pesar del intenso calor, un escalofrío se deslizó como un reptil por su
columna vertebral.
«Alice. Alice, ¿qué haces?»
De pronto, las bolsas de basura se
derrumbaron ante sus ojos. El sonido a latas metálicas y a botellas de vidrio
estallar contra el suelo le hizo sobresaltarse. Retrocedió unos pasos atrás
hasta chocar contra la bancada. Observó y esperó. Una silueta oscura emergió de
entre las bolsas, arrastrándose por el suelo, doblando sus extremidades en
formas dolorosas e imposibles. Sus articulaciones chasquearon profanando el
silencio de la casa.
Era Alice.
El cuerpo húmedo y marchito de
Alice.
Su piel estaba amoratada y sus
huesos, como en vida, se marcaban a través de ésta como si la carne ya no
existiese. Su cabello, escaso y plateado, caía por su rostro en tiras acuosas y
retorcidas. Se detuvo un instante, alzó la cabeza y dejó al descubierto una
mirada vacua que se clavó en Bruce. Comenzó a moverse sin desviar la mirada, se
desplazó como una araña, haciendo crujir sus huesos, dejando un reguero de agua
tras de sí, dispuesta a trepar por sus piernas.
Bruce sintió, doblegado por el
terror, cómo su corazón se partía en dos, una grieta mortal que lo atravesó de
lado a lado como si fuera una frágil capa de hielo.
Alice.
El nombre de su mujer retumbó en su
mente cuando su cuerpo se desplomó en el suelo. La escuchó deslizarse hacia él,
arrastrarse como un hombre sin piernas. Sus pulmones se negaron a respirar más
aire. Soportando el intenso dolor en su pecho, dirigió la mirada hacia la
ventana, hacia aquella estrella tan brillante que destacaba en el firmamento.
Una lágrima corrió por su mejilla.
Alice.
FIN

Qué angustia Diego, muy bueno.
ResponderEliminarGracias Luis!
EliminarMe he quedado sorprendida para bien. Excelente relato, existen mil maneras de entender el amor, según sus protagonistas. De la misma manera que expresarlo y relatarlo. Felicidades logras que el lector se quede con el corazón en un puño.
ResponderEliminarUn honor recibir esas palabras de ti, Dolors. Mil graciasss.
ResponderEliminarMuy buen relato, Diego. Me ha encantado tu forma de narrar, de enganchar en cada palabra. Mucha intriga y un buen final.
ResponderEliminarFelicidades!
Gracias Lety!!
ResponderEliminarMe han gustado mucho tus relatos. Felicidades. Narras muy bien.
ResponderEliminarMuchas gracias Yulien
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