domingo, 19 de marzo de 2017

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ALICE 
          
  ¿Cuánto tiempo tarda la vejez en hacerte ver que tus días están contados? ¿En hacerte aceptar que lo que antes ascendía a una velocidad perezosa, ahora desciende peligrosa y vertiginosamente hacia el fin absoluto? ¿Que tu cuerpo, antes ágil y fibroso, se ha convertido en una masa de carne arrugada y descolgada, que incluso puede llegar a crear aversión en los demás?
  Bruce Compton hacía tiempo que había superado esa etapa. Era, por decirlo de algún modo, como si sintiese el suave roce de la horca sobre su piel desde el día en que murió Alice, su esposa. No le daba miedo pensar que algún día apretaría tanto el lazo que le sería imposible respirar, o que incluso le partiría el cuello con tanta facilidad como un cascanueces aplasta la cáscara de una nuez. Eso ahora era lo de menos. Tenía algo mucho más importante en lo que pensar. Algo que lo despertaba cada noche cubierto de un sudor pegajoso y entre alaridos de terror.
            Una pesadilla que se repetía día tras día desde la muerte de Alice.
          Bruce se sentó en el borde de la cama con pesadez y buscó sus gafas en la mesita de noche. Eran un modelo antiguo, rotas por la montura y unidas con un sucio trozo de cinta adhesiva. Hacía años que había dejado de fumar, pero el mal había echado raíces en sus pulmones. Tosió con fuerza, esparciendo diminutas gotas de saliva por el aire. Cada vez que lo hacía, sentía cómo sus pulmones se contraían y se expandían, con una punzada de dolor en cada golpe, como si no fueran capaces de volver a soportar el oxígeno ni un segundo más.
            Cuando logró paliar la tos miró a través de la ventana abierta. La oscuridad habitaba al otro lado del umbral. Una cálida brisa entró por ella, fue lo más parecido al suave roce de una caricia. Corría el mes de julio, por lo que pensó que, como las últimas semanas, debía de ser temprano todavía. Suspiró. No podía engañarse a sí mismo, fingir que no estaba ocurriendo. En lo más profundo de sus pensamientos sabía que eran las cuatro de la madrugada. Como cada noche.
            La hora en que murió Alice.
            Enfocó la mirada temerosa en el reloj digital.
            4:00
        Los números en rojo resplandecían en la oscuridad de su habitación. Una mirada numérica acusatoria. Clavó sus ojos en los dos ceros rectangulares. Parecían los ojos del diablo, observándolo, esperando su momento con paciencia milenaria. Palpó tembloroso la pared en busca del interruptor, y tras un débil chasquido, la amarillenta luz iluminó la habitación.
            Consiguió levantarse ayudándose de un perchero metálico repleto de prendas de vestir. Allí, tenía colgada parte de su indumentaria de invierno. La que no le cabía en sus repletos armarios. Sí, también era cierto que la vestimenta de Alice (conservaba hasta la última prenda) también era voluminosa, suficiente para llenar la parte del armario que le correspondía más tres perchas ocultas entre los montones de objetos que tenía acumulados en el resto de la casa.
            Esquivó unas cajas apiladas, apartó la cabeza para no chocar con su colección de sombrillas de playa y logró llegar a la puerta por un angosto pasillo que había habilitado entre la porquería acumulada. Se fijó en un tocadiscos de los años 70 que reposaba ladeado entre una pila de libros descoloridos. ¿Cómo iba a tirarlo? Era una reliquia, algo que dentro de algunos años valdría una fortuna. ¿Los libros? No, él no era quien para juzgar y ejecutar el costoso trabajo de tantos escritores.
            Ted, su hijo, decía que la casa era una porqueriza, que estaba enfermo y necesitaba ayuda, que sufría el Síndrome de Diógenes. ¿El síndrome de qué? Nunca entendió qué significaban esos extraños nombres que los médicos inventaban para las enfermedades. Además, él no estaba enfermo. Sin embargo, hacía tiempo ya que esa cuestión era intrascendente.
            ¿Cuándo fue la última vez que Ted y su familia lo visitó? Ya no lo recordaba, la fecha se había perdido en algún punto de su mente sin retorno. Apenas podía dibujar en sus pensamientos el rostro de su nieto. Tenía una risa contagiosa, sí, eso todavía lo tenía presente.
        Ted lo culpaba por la muerte de su madre, y eso nunca se lo perdonó, alejándose de él y abandonándolo en una soledad tan viscosa que la muerte hubiese sido mejor castigo. La vida, en algunas ocasiones, espera tu momento más vulnerable para cavar un socavón bajo tus pies, pero Bruce pensaba que con él había obrado con un ensañamiento desproporcionado. Sí, la vida sabe dónde golpear para anularte por completo. Tienes que ser fuerte, muy fuerte, pensaba, para sobreponerte, para hincar la rodilla en el suelo y volver a levantarte. Sin embargo, sus rodillas hacía tiempo ya que estaban a merced de la artritis. Fue doloroso admitir que ya nunca lograría alzarse, que la vida, como en la mayoría de los casos, acaba ganándote la partida.
        Cruzó el pasillo flanqueado por montañas de trastos inútiles y entró en la cocina. El tubo fluorescente parpadeó gimiendo un ridículo titileo hasta que la luz absorbió la oscuridad. Para él, el olor nauseabundo que flotaba en el aire pasó desapercibido, formaba ya parte de la casa. Las bolsas de basura, negras como tumores malignos, se amontonaban exhibiendo un peligroso equilibrio en la entrada, dejando el espacio suficiente para que su obeso cuerpo cupiese entre ellas. Una cucaracha trazó un alocado recorrido en el suelo, ocultándose del repentino destello por un pequeño hueco entre las bolsas.
            Se ajustó las gafas en el puente de su nariz y se acercó al fregadero. La vajilla, sucia y con restos de comida reseca, se asomaba peligrosamente por el borde. Luego, quizá, la fregaría. Resopló. Cogió un vaso mugriento, abrió el grifo y lo llenó de agua. Las tuberías crepitaron detrás de las paredes como si los cimientos hubiesen sufrido una arcada. Se lo bebió de un trago y lo dejó con mano temblorosa sobre la bancada.
            Su mirada se detuvo en algún punto del cielo oscuro y estrellado enmarcado en la ventana. Era cierto, había muchas estrellas esa noche, pensó, y en lo más profundo de su corazón sabía que una de ellas era Alice. Su Alice.
           Qué injusto estaba siendo Ted. Cuarenta años de sus vidas compartieron juntos, buenos y malos momentos, no tenía ni idea de lo que uno siente cuando la persona a la que has amado durante tanto tiempo se va sin previo aviso. Cuando, a partir de un fatídico segundo en la vida, sabes que nunca más podrás abrazarla, o contarle que te ha salido un extraño bulto detrás de la oreja. Sonrió cuando recordó cómo se enfurecía cuando, furtivamente, apilaba alguno de sus trastos en un rincón de la casa. Era ella quien guiaba sus pasos, quien ponía orden en su cabeza.
            «Con el tiempo lo sabrás, hijo mío. El maldito tiempo acabará por hacerte comprender.»
       Quizá sí estaba enfermo. Sus ojos se humedecieron cuando su mente trazó un esbozo de aceptación. Quizá Ted tenía razón. Sin embargo, ya no le importaba que su hijo estuviese en lo cierto. Las señales durante las últimas semanas eran claras. A las 4:00 de la madrugada. Tragó con dificultad.
          Alice sufría de insomnio. La mayoría de las noches las pasaba en vela, deambulando por la casa arriba y abajo, quitando el polvo o poniendo lavadoras, el precio de la luz era más barato, decía. Solo lograba relajarse y dormir unas pocas horas cuando tomaba un buen baño con agua caliente. Siempre a las 4:00 de la madrugada, tan precisa como el amanecer del día cada mañana.
            Su mirada se clavó en una estrella en concreto. Brillaba más que ninguna, destacaba como una hoguera en un oscuro bosque. Su mente mitigó el dolor que le atravesaba el corazón. Tosió con fuerza, y cuando logró calmarse evocó la última noche, la noche en la que Alice nunca logró salir de la bañera.
           Cuando la descubrió a la mañana siguiente, su cuerpo desnudo yacía hundido en el fondo como un bloque de cemento, con los ojos abiertos, con su mirada vacía contemplando la luz flotante que debió venir a por ella. A Bruce le gustaba pensar así, era una forma que tenía de contener el terrible dolor que lo castigaba día tras día. El único modo de soportarlo. Los pies de Alice resbalaron cuando se disponía a salir. Sus frágiles manos no tuvieron la fuerza suficiente y se deslizaron por el borde la bañera. Su nuca golpeó con todo el peso de su cuerpo contra la bañera y, según la policía, la muerte fue instantánea.
            ¿Qué podía haber hecho él? ¿Cómo podría haberlo evitado? ¿Por qué su hijo le culpaba por ello?
            Sí, la muerte de una madre es algo muy doloroso, entendía su sufrimiento, él también pasó por ello, pero Ted, sin saberlo (o a conciencia), también lo enterró a él al dejarlo en el olvido, a su propio padre.
            Ahora ya era demasiado tarde para todo. Para buscar culpables, para tratar de hacer entender a Ted, para resucitar a Alice de entre los muertos. Escuchó un ruido a sus espaldas, como si las bolsas de basura se hubiesen ajustado entre ellas. Se giró intrigado, pero no tenía miedo, no había espacio para él. Era la hora, lo había aceptado. Los tubos fluorescentes parpadearon. Bruce contuvo el aliento y congeló la mirada en las negras bolsas amontonadas. Una gota de sudor se desprendió de su frente desintegrándose contra el suelo. Las bolsas se agitaron de nuevo.
            Era inevitable. Algo había allí, y finalmente no pudo impedir que un frío terror se adueñara de él. Su corazón se estremeció, y a pesar del intenso calor, un escalofrío se deslizó como un reptil por su columna vertebral.
            «Alice. Alice, ¿qué haces?»
            De pronto, las bolsas de basura se derrumbaron ante sus ojos. El sonido a latas metálicas y a botellas de vidrio estallar contra el suelo le hizo sobresaltarse. Retrocedió unos pasos atrás hasta chocar contra la bancada. Observó y esperó. Una silueta oscura emergió de entre las bolsas, arrastrándose por el suelo, doblando sus extremidades en formas dolorosas e imposibles. Sus articulaciones chasquearon profanando el silencio de la casa.
            Era Alice.
            El cuerpo húmedo y marchito de Alice.
           Su piel estaba amoratada y sus huesos, como en vida, se marcaban a través de ésta como si la carne ya no existiese. Su cabello, escaso y plateado, caía por su rostro en tiras acuosas y retorcidas. Se detuvo un instante, alzó la cabeza y dejó al descubierto una mirada vacua que se clavó en Bruce. Comenzó a moverse sin desviar la mirada, se desplazó como una araña, haciendo crujir sus huesos, dejando un reguero de agua tras de sí, dispuesta a trepar por sus piernas.
            Bruce sintió, doblegado por el terror, cómo su corazón se partía en dos, una grieta mortal que lo atravesó de lado a lado como si fuera una frágil capa de hielo.
            Alice.
         El nombre de su mujer retumbó en su mente cuando su cuerpo se desplomó en el suelo. La escuchó deslizarse hacia él, arrastrarse como un hombre sin piernas. Sus pulmones se negaron a respirar más aire. Soportando el intenso dolor en su pecho, dirigió la mirada hacia la ventana, hacia aquella estrella tan brillante que destacaba en el firmamento.
            Una lágrima corrió por su mejilla.
            Alice.

FIN
           


           

           


8 comentarios:

  1. Me he quedado sorprendida para bien. Excelente relato, existen mil maneras de entender el amor, según sus protagonistas. De la misma manera que expresarlo y relatarlo. Felicidades logras que el lector se quede con el corazón en un puño.

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  2. Un honor recibir esas palabras de ti, Dolors. Mil graciasss.

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  3. Muy buen relato, Diego. Me ha encantado tu forma de narrar, de enganchar en cada palabra. Mucha intriga y un buen final.
    Felicidades!

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  4. Me han gustado mucho tus relatos. Felicidades. Narras muy bien.

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Gracias por tus comentarios